Los bucles de su
cabellera le distraían de su cara dormida y de la tranquilidad inmensa que
revelaba su respiración.
Qué envidia tan mezquina sentía. Él, que no consigue descanso que valga la pena, él, que se ve en una suerte de maldición que le trajo su culpa.
Culpa. La respuesta lógica que le enseñó su crianza católica.
En un sueño daban vueltas las imágenes como un huracán. Tenía una de esas pesadillas que saltan abruptamente de un escenario a otro, que tienen muchísimo sentido hasta que te despiertas y no recuerdas los momentos clave.
Lo único constante en ese sueño era un par de ojos gigantescos que no parpadeaban ni se distraían, la veían a ella y no la dejaban, acusándola de algo.
Poco a poco se acercaba la mañana. Sabía que su tiempo de ver se acababa. Pensó en por qué la veía y también en el tiempo en que lo hacía, ¿Qué buscaba? Pero poco duró su reflexión, no habían pasado 15 minutos cuando su culpa volvió reclamándole atención.
Él no podía ver los sueños de ella, pero le encantaría, ese saberlo todo era una pequeña obsesión, un fetiche, y él habría dado cualquier cosa por saber, como si ello acabara con su culpa o al menos le diera algún sentido.
¿Por qué se siente culpable? Infinidad de razones. “El que esté libre de culpas que lance la primera piedra”. No lograba más que arruinarse las horas que debería pasar durmiendo. Todo por su culpa, todo por verla.
Ella se movió como si fuera a despertarse, fue totalmente involuntario, pero la sensación de ser observada era tan fuerte que la sentía dentro de su sueño y su inconsciente la sacudía en un intento inútil por mantenerla dormida, soñando.
El susto lo sacó de sí, no quería que ella lo viera. El pensamiento le pareció gracioso después de un segundo. ¿Y qué si lo ve? ¿A él qué le importa? Ya está cansado, no quiere seguir buscando explicaciones.
Además es tan culpa de ella como de él, ¿Quién duerme con sus cortinas abiertas? Tapó los lentes de los binoculares y cerró la ventana.
En su pesadilla los grandes ojos se cerraron.
Qué envidia tan mezquina sentía. Él, que no consigue descanso que valga la pena, él, que se ve en una suerte de maldición que le trajo su culpa.
Culpa. La respuesta lógica que le enseñó su crianza católica.
En un sueño daban vueltas las imágenes como un huracán. Tenía una de esas pesadillas que saltan abruptamente de un escenario a otro, que tienen muchísimo sentido hasta que te despiertas y no recuerdas los momentos clave.
Lo único constante en ese sueño era un par de ojos gigantescos que no parpadeaban ni se distraían, la veían a ella y no la dejaban, acusándola de algo.
Poco a poco se acercaba la mañana. Sabía que su tiempo de ver se acababa. Pensó en por qué la veía y también en el tiempo en que lo hacía, ¿Qué buscaba? Pero poco duró su reflexión, no habían pasado 15 minutos cuando su culpa volvió reclamándole atención.
Él no podía ver los sueños de ella, pero le encantaría, ese saberlo todo era una pequeña obsesión, un fetiche, y él habría dado cualquier cosa por saber, como si ello acabara con su culpa o al menos le diera algún sentido.
¿Por qué se siente culpable? Infinidad de razones. “El que esté libre de culpas que lance la primera piedra”. No lograba más que arruinarse las horas que debería pasar durmiendo. Todo por su culpa, todo por verla.
Ella se movió como si fuera a despertarse, fue totalmente involuntario, pero la sensación de ser observada era tan fuerte que la sentía dentro de su sueño y su inconsciente la sacudía en un intento inútil por mantenerla dormida, soñando.
El susto lo sacó de sí, no quería que ella lo viera. El pensamiento le pareció gracioso después de un segundo. ¿Y qué si lo ve? ¿A él qué le importa? Ya está cansado, no quiere seguir buscando explicaciones.
Además es tan culpa de ella como de él, ¿Quién duerme con sus cortinas abiertas? Tapó los lentes de los binoculares y cerró la ventana.
En su pesadilla los grandes ojos se cerraron.
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