domingo, 25 de agosto de 2013

El esclavo de los susurros.

-Disfruta lo que tienes- Decía la voz a su lado.

No podía girar la cabeza, estaba amarrado a una silla, y aunque pudiera girar el resto del cuarto estaba oscuro.

-¿Quien eres tu? Déjame en paz- Dijo, su voz no sonó como el quería, el forcejeo contra las amarras no le permitía concentrarse en sonar amenazador.

-Tu sabes quien soy- Le respondió.

El suelo se abrió debajo de el y cayo al vació, inmóvil aun sentía como el viento a su alrededor le anunciaba su caída aunque el no pudiera percibirla con sus ojos por lo oscuro del lugar, después de unos segundo la silla se desplomaba y seguido a eso sus piernas, no sintió dolor, solo el impacto.

Abrió los ojos, estaba en su cama, sus manos aferradas a los bordes del colchón como si su vida dependiera de ello. Respiro profundo, como quien sale del agua después de jugar a aguantar la respiración.

-¿Todo bien?- Le pregunto Diana.

La miro fijamente, lo veía desde la puerta del baño, seguro despertó antes que el, ella siempre se paraba antes que el.

-Si, todo esta bien, solamente tuve un sueño desagradable- Le respondió sin querer entrar en detalles.

Se paro de la cama y se vio en el espejo del closet, acostumbraba hacer eso, no tenia razón alguna para hacerlo, ninguna que el supiera al menos. Diana entraba de nuevo al baño y abría la ducha, la puerta estaba abierta, el sonido del agua contra el suelo del baño fue todo lo que necesitaba el subconsciente de aquel hombre para romper su concentración y girar inmediatamente su cabeza hacia donde se encontraba ella.

Desde que la conocía la había querido para el, ella era una mujer hermosa, piel blanca y delicada, unos ojos hipnotizante y una boca que parecía una delicada y fina cereza que reposaba en un campo blanco de nieve, pero no era su belleza lo que lo hacia perder la razón cuando estaba con ella, eso ayudaba por supuesto, pero era algo en su voz, era el tono en el que hablaba, era firme pero delicada, imponía con una suavidad y una ternura que hacían que cualquiera obedeciera, cuando Diana le susurraba en la oreja el dejaba de ser el y se convertía en esclavo de ella.

Se sentó de nuevo en la cama y se concentro de nuevo en el espejo.

-¿Porque te tienes que ir?- Le pregunto de la forma mas encantadora que pudo.

-Tengo que irme, sabes cual es nuestro arreglo- Le respondió.

-Pero, pero podemos pasar mas tiempo juntos, podemos hacer tantas cosas- Dijo, estaba al borde de suplicarle que no se fuera.

-Por favor basta ya Adán, sabes que esto es lo que podemos tener, disfruta lo que tienes- Le dijo fríamente Diana.

Sintió un vacío en el pecho, una sensación de caída se apodero de su ser.

-Tu sabes quien soy, y porque no puedo- Le reiteraba, tratando tal vez de justificarse.

Desde que la conocía la había querido para el, pero había fallado, Diana nunca fue de el, Diana la esposa del jefe, Diana la mujer que al susurrarle a su oído lo convertía en su esclavo, Adán era su juguete, su prisionero, su joven enamorado, su nombre lo condenaba a sufrir gustosamente por aquella mujer a obedecer sus deseos.

Se fue del cuarto, pronto tendría que irse el, aquel hotel era lujoso y por lo tanto costoso, un gasto que un recién graduado a penas podía cubrir. El seguiría llevándola allí cada viernes, tal vez algún día la convencería, mientras tanto, continuara sus intentos.

-Disfruta lo que tienes- Se murmuro para si mismo mientras miraba su reflejo en el espejo.

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