viernes, 20 de septiembre de 2013

Historias de colores: Azul

Me despierto con un calor infernal, estoy bañado en sudor y la corriente de aire que entra por la ventana solo cumple para que no me asfixie, de refrescante tiene lo que yo de calvo.

-Quédate quieto fastidioso- Me dice Raquel adormecida. 

Ella tiene el sueño muy ligero, excesivamente ligero, realmente tan ligero que seguramente se despierta a cada rato solo con el rose de la sabana contra su cuerpo. En cambio yo duermo como una piedra, una vez que caigo por completo es como si ya no estuviera ahí, solo queda un cuerpo que respira, por esto que me haya despertado me parece tan extraño.

-Ven, ya duérmete- Me dice mas dormida que despierta, tanto que a penas la entiendo.

Raquel me abraza y utiliza mi pecho de almohada, logro que me dejara de mover, efectivamente ya no puedo hacerlo, muero del calor, daría lo que fuera por un poco de brisa.

-Hace mucho calor Raque- Le digo.

Raque... Ademas de poco creativo es un poco idiota pensar que quitarle una letra a un nombre califica como apodo, pero así es como me gusta decirle, la conocí en un autobús, yo leía un libro que me habían prestado y ella, siendo de las pocas personas que he visto que conocen al autor de dicho libro, salto a la oportunidad de comentarme que pensaba de el.

-¿Te gusta Kundera?- Me dijo sobre mi hombro.

-¿Ah?- Fue lo único que pude responder, a veces simplemente soy así de encantador.

Me voltee, a verla, ¿Alguna vez se han tratado de voltear a ver quien va sentado detrás de uno en un autobús? definitivamente hay cosas mas cómodas en la vida, pero volviendo a ella, era hermosa, tenia unos ojos azul brillante que me miraban con una emoción comparable a lo que se siente cuando te consigues con alguien que tienes tiempo queriendo ver. No la detalle mucho mas en el momento, estaba muy ocupado en sus ojos, me encantan los ojos hermosos.

-Si, me gusta- Le dije en lo que sus ojos le permitieron a mi cerebro decirle a mi boca que dejara de solo estar abierta y empezara a dejarme hablar.

-¡A mi tambien!- Dijo muy emocionada, creo que se arrepintió de decirlo así, a los lados de sus hermosos ojos sus cachetes tomaban un tono rojo.

Me enderece en mi asiento solo para voltearme de nuevo, pero el autobús se detuvo y termine resbalando del asiento y cayendo de lleno en el piso, la señora sentada a mi lado intento aguantar la carcajada pero fallo estrepitosamente, a veces soy torpe, bueno, muchas veces lo soy, digamos que es parte de mi encanto y así me ahorro la pena.

Ella se rió junto con la señora que ya se había parado y bajado del autobús, aun se reía a todo pulmón.

-¿Estas bien?- Me pregunto mientras se sentaba a mi lado.

-Si, todo bien, no paso nada- Le dije en el tono mas grave que pude producir, no se porque hice eso, me arrepentí de inmediato, tosí hace un lado tratando de pasarlo por algo en mi garganta, y si, también me arrepentí de hacer eso, cuando unos ojos así se te sientan al lado la mayoría de las cosas que haces son producto de un nerviosismo idiota. No tenia razón alguna para pensar que le interesaría de alguna forma romántica a ella, pero uno al fin tiene su orgullo y lo primero que pensé fue en tratar de conquistar a la portadora de esos zafiros brillantes.

De vuelta en el infierno insoportable de la habitación tengo a Raquel con su cabeza sobre mi pecho, lentamente trato de moverla y acostarla en la almohada, lastimosamente esa torpeza encantadora mía hace que se me resbale de los brazos e inmediatamente se despierta. Abrió los ojos y se me quedo viendo, para alguien con el sueño ligero el reflejo de caída debe ser equivalente a una cachetada, abrió la boca para decir algo.

-¿Que te pas...-

Antes de que termine me lanzo sobre ella a besarle, esta vez no me arrepiento, no todo lo que viene del nerviosismo es estúpido. En lo que menos pienso ella me besa a mi y ahora es toda ella la que esta sobre mi, tengo muchísimo calor, el que haya dicho que nadie se muere de amor nunca considero muerte por sofocamiento amoroso.

Aquel día en el autobús, terminamos hablando de cualquier cantidad de cosas, de autores y otros artistas, de cosas que nos gustaban, de nuestras familias, de todo, menos de nuestros números de teléfono. Eso me pego como una piedra a la cabeza pero ya era demasiado tarde. Otra cosa que note en el momento que se bajo del autobús es que yo debía haberme bajado hace unas cuantas estaciones, muchas estaciones en realidad, algunos pensaran que es lindo, esos algunos seguramente no han estado en el pueblo de Baruta a las once y media de la noche cuando lo único que tenían que hacer era bajarse en Las Mercedes.

En mi cuarto tengo a Raquel sobre mi, y mientras me besa empiezo a reírme, ella deja de besarme y me ve con una mezcla de intriga e indignación. 

-¿De que te ríes?- Me pregunta en un tono severo.

Yo le cuento sobre el autobús y las paradas, y como lo acabo de recordar. La historia no le llama mucho la atención, se le nota en la cara, no la culpo esta a punto de amanecer y tenemos razones para estar cansados. Ella tiene esta expresión que siempre hace cuando no le interesa algo, un pequeño arqueo del borde izquierdo de su labio y su ceja izquierda levantada, se nota muchísimo, pero a mi me funciona así que no digo nada, eso si tiene ella, es transparente aun cuando no trata de serlo, supongo que todos tenemos nuestros encantos particulares.

Luego del primer día de verla aquel libro de Kundera iba conmigo a todos lados, tenia esta idea de que eso me ayudaría a conseguirla, pero irónicamente no la volví a conseguir hasta que devolví el libro a quien me lo presto. Me la conseguí en un bar, estaba bebiéndose uno de esos tragos de colores brillantes diseñado para que las mujeres beban y su buen juicio se vaya mas rápido que la integridad de algunos políticos, bueno, de los políticos en general. 

-¿Te gusta Kundera?- Le digo sobre su hombro, en el momento parecía una buena idea.

Se volteo como preparada para pegarme y huir, afortunadamente me reconoció.

-¡Hola!- Me dijo antes de abrazarme.

-Hola- Le respondí de nuevo en un tono grave, no tengo remedio.

-¿Que haces aquí?- Me pregunto.

Luche contra cada fibra de mi cuerpo para no dar una respuesta sarcástica, no era por mal, es solo la costumbre.

-Aquí, con unos amigos- Le dije mientras señalaba a una mesa con cuatro personas que no conocía para nada.

La verdad es que estaba solo bebiendo, a ver que conseguía, pero esa realidad era un poco deprimente, a veces hace falta maquillar un poco las cosas.

-¿Quieres irte a otro lado?- Le dije, lo directo e incomodo de la pregunta solo se me hizo aparente al decirla.

-Bueno- Me respondió mientras me miraba con esos ojos.

Me tomo del brazo y me llevo a otro lado, creo que quería que le dijera exactamente eso, no seria la primera vez que creo que le digo algo a una mujer por mi propia iniciativa y resulta que dicha mujer lo tenia planeado.

Su mano esta en mi pecho y ella esta de nuevo dormida, se despierta tanto que dormirse le resulta sencillo, veo sus ojos cerrados mientras acaricio su cabello, no puedo ver el azul de sus ojos pero a estas alturas, el azul lo llevo en el corazón. Tengo demasiado calor.

Aquella noche terminamos en mi apartamento, digamos que fue una buena noche, una que le abrió la puerta a muchas otras, poco a poco la conocí mas y mas, me di cuenta que sus preciosos ojos eran solo la entrada a lo maravilloso que era ella, aquella mujer con la que los besos y las calenturas venían junto a horas de conversaciones geniales, una mujer que mas allá de ser el objeto de mi deseo era un foco de interés. 

-Duérmete Roberto- Murmura ella.

El calor me derrota, vuelvo a caer como piedra en mis sueños, volteo a verla nuevamente, el azul lo llevo en el alma.


Esta pequeño principio de historia esta escrita en memoria a Roberto, no te conocí ni te conoceré, pero en donde estés espero encuentres paz, y que tu padre la consiga también.



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